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Kevin Konfederak, de promesa argentina a decidir ser un “tipo normal”

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Esta es la historia de un tenista argentino. Su nombre es Kevin Konfederak. Si no estás metido en el mundo de la pelotita amarilla, probablemente no lo conozcas y te sorprenderá saber que, a pesar de haber tenido la chance de ser famoso y de que actualmente forma parte del equipo de entrenamiento de Guido Pella, su elección fue ser “uno más”.

Desde muy joven, Kevin, categoría 91, llamó la atención de propios y extraños por su talento con la raqueta. A eso le sumó trabajo y disciplina y llegó a parecer imparable: fue número uno del país en singles y dobles en las categorías sub 14 y sub 16. Esto le permitió viajar por Sudamérica y Europa, compitiendo contra los mejores jugadores del mundo. Ahora, ¿y el colegio? “Aguanté hasta tercer año de secundaria. Era muy buen alumno, eh. Pero pude convencer a mis viejos que debía enfocarme más en el entrenamiento porque realmente me quería dedicar a esto”.

Pero para un niño tan chico, esos viajes no son pura alegría: “Empecé a viajar con 12 años. Era difícil, la primera noche sufría bastante, extrañás. Pero fui aprendiendo a manejarlo”. Triunfo tras triunfo, Kevin alcanzó el puesto N°17 del mundo en sub 18. Era una joven promesa argentina que cada vez estaba más cerca de aparecer en el radar profesional. Hasta que, con casi 17 años, ganó sus primeros dos puntos ATP al vencer en 32avos a Andrés Molteni y luego en 16avos a Guido Pella en un Future de Argentina, convirtiéndose así en un tenista con todas las letras.

Créditos: «El tenis que no vemos».

El nacido en Capital Federal comenzó a salir campeón en Futures y participó de sus primeros Challengers, alcanzando así en abril de 2012 su mejor ranking ATP: 485 del mundo. Pero la expectativa que creyó que su entorno tenía de él era casi tan grande como la que él mismo se tenía, algo que en su mente se convirtió en una obligación: “Los sentimientos post derrota fueron tomando demasiado poder en mí. Me creé una mochila muy peligrosa. Se volvió tan pesada que me hizo dejar de disfrutar dentro de la cancha. Se me fueron yendo las ganas de entrenar, terminaba sufriendo. Hasta que todo se fue acumulando y me dije ‘¿Para qué voy a seguir sufriendo? Esto no es para mí’, y a la larga estoy muy contento con esa decisión”. Kevin terminó el secundario y se fue a estudiar a Georgia Gwinnett College, una universidad de Estados Unidos, gracias a una beca deportiva. Estudiaba marketing y representaba con el tenis a su universidad en un muy alto nivel. “Estuvo la posibilidad de volver al ruedo y ser profesional, pero nunca la consideré”.

-¿Elegiste ser un tipo normal?

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 -Sí, totalmente. Tenía 20 años y no había vivido un montón de cosas que mis amigos sí, como jugar al fútbol, salir con ellos, hacer viajes. Disfruté mucho cuando pude vivirlas.

Gentileza: Kevin Konfederak.

-¿Qué es lo más difícil de jugar al tenis?

-Soportar las derrotas, saber manejarlas. Uno se entrena, se prepara en una pretemporada, viaja para jugar un torneo y tal vez pierde en primera ronda. Tus expectativas claramente no se cumplieron y tenés que saber recuperarte de ese golpe. Todo esto me costó mucho a mí. Analizaba mucho las cosas.

-¿Qué hacés hoy en día?

-Soy parte del equipo de entrenamiento de Guido Pella, viajo cerca de 12 semanas al año con él. Además, trabajo en el Racket Club y tengo una empresa que gestiona y ayuda a los chicos que quieren ir a estudiar a Estados Unidos con una beca deportiva.

-¿Charlaste con Guido alguna vez sobre tu historia? Él también tiene la suya, cuando contó que no sabe si le gusta el tenis…

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-Charlamos bastante, pero más que nada sobre su historia. Él directamente dejó de jugar dos veces y después terminó volviendo. Quizás por miedo a qué pueda pasar o a qué poder hacer sin el tenis. Lo cierto es que él se convenció de que es muy bueno en ésto y que, si hacía las cosas bien, le podía ir como le está yendo hoy.

-Si hubieses seguido jugando, ¿creés que podrías haber llegado lejos? Por ejemplo ser top ten…

-Y… sí, obviamente podrían haber pasado un montón de cosas. En ese momento tenía 20 años y no tenía la madurez como para enfrentar las situaciones que pasé en ese momento. Una vez terminada la universidad tenía la chance de volver a probar, ya con un título sobre la espalda y con otra cabeza, pero nunca lo analicé como una posibilidad.

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